- En política, todo comunica, no basta con un discurso sólido si la imagen no lo respalda. Walter Lippmann, en su obra Opinión Pública (1922), nos dice que las personas no reaccionan al mundo tal cual es, sino a la imagen mental que se forman de él. Esto aplica directamente a la política: la percepción de un líder está cargada de símbolos, colores, gestos y accesorios que crean esa imagen mental en cuestión de segundos.
Según un estudio publicado en Political Psychology (2007), las personas pueden evaluar la competencia de un candidato con solo ver su rostro durante breves instantes. En este experimento, los votantes predijeron con sorprendente precisión a los ganadores de elecciones observando únicamente fotografías, sin escuchar ni una sola propuesta. Esto confirma lo que Malcolm Gladwell plantea en Blink (2005): nuestro cerebro toma decisiones rápidas basadas en “pequeñas dosis de información”, y la apariencia es una de ellas.
Psicología del color y vestimenta como estrategia
Tokebill, experto en protocolo y vestimenta, sostiene que los detalles de la indumentaria proyectan códigos de poder o cercanía. Por ejemplo, la corbata como icono de liderazgo: el rojo transmite energía y decisión; el azul, confianza y estabilidad. La psicología del color indica que los tonos tierra evocan calidez y accesibilidad, mientras los fríos proyectan autoridad y profesionalismo (Tokebill, 2019).
Cada corte de cabello, elección de lentes o accesorio transmite un mensaje. Las ideologías de la vestimenta nos explican que no nos vestimos solo por estética, sino para expresar valores y posiciones sociales (Milton, 2010). Un peinado pulido proyecta disciplina; una barba bien cuidada puede comunicar cercanía generacional; un look casual en jeans oscuros y saco estructurado transmite modernidad sin perder formalidad.
Los canales en Redes sociales: pseudoambientes digitales
Hoy, la imagen no vive solo en un templete o debate televisivo. Lippmann (1922) diría que habitamos “pseudoambientes digitales”, donde la proyección estética se reproduce en historias de Instagram, lives o reels que construyen (o destruyen) credibilidad. Según la Universidad de Boyacá (2021), los votantes jóvenes valoran la autenticidad estética como parte de la coherencia política: no basta con parecer correcto, es indispensable ser creíble y humano en todos los canales.
Hoy, la imagen no vive solo en un templete o debate televisivo. Según Manuel Castells en su obra El Porder de la Comunicación (2009), habitamos entornos de comunicación en red donde la proyección estética y simbólica se reproduce y amplifica en historias de Instagram, lives o reels, construyendo (o destruyendo) credibilidad. Por su parte, Zygmunt Bauman en Liquid Modernity (2000) explica que en esta era de modernidad líquida, los votantes –especialmente los jóvenes– valoran la autenticidad como parte de la coherencia política: no basta con parecer correcto, es indispensable ser creíble y humano en todos los canales.
Según Albert Mehrabian en su libro “Comunicación No Verbal” (1972), señala este tipo de comunicación que es la no verbal constituye un componente esencial de la transmisión de mensajes, ya que gestos, postura y apariencia construyen significados que van más allá de las palabras. Cada espacio digital funciona como un escenario donde la biografía de Instagram, el tono de respuesta en comentarios, el marco de historias y hasta la portada de los reels refuerzan (o debilitan) la narrativa política o empresarial.
En Portes Comunicación entendemos que la imagen no es una cuestión superficial, sino un lenguaje estratégico alineado a valores y objetivos. Cada detalle comunica algo: un saco mal elegido, una corbata que no proyecta seguridad, un gesto improvisado o un peinado que no conecta pueden derrumbar la percepción pública.
Lo que verbalices importa, pero lo que dejas ver decide antes.

